La dinámica que nos imponen y pretenden que la adoptemos no es más que un castigo, una evacuación súbita e intento de alienación, de esculpirnos y moldearnos cómo a ellos les viene en gana. Toditos igualitos para un mismo fin, desde un mismo comienzo y siempre tratando de apagar la llama.
Hasta qué nos acostumbremos a lo absurdo de todo esto y ya no nos resulte incómodo e intolerantes los latigazos y las limosnas que nos son obsequiadas a modo de adiestramiento.
Ciudadanos tranquilos, fáciles de inducir, embaucar, jóvenes encadenados a sus propios despropósitos; hay tanto descontento que todo pasa a ser normal, y la rutina una manzana amarga de la cuál acostumbrados a su repugnante sabor perdimos el paladar, por saborearla a diario.
Y fin. Allí estaremos, acostumbrados, más bien cómodos y en bien estar con sus suposiciones del bien común a seres individuales, sin respeto al individuo, ni a su experiencia u opinión.
Rebozados de adornos inútiles y de una vida frustrada e insatisfecha.

1 comentario:
Bien dicho! Si joder! Eso que pone es verdad!
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