Cada músculo de mi cuerpo se contrae en la misma
sinfonía, un doloroso hibrido entre mantener y arrancar. Entre el aire que se
desahoga ahogado en vanos intentos. Entre los miembros frágiles de un golpe.
Una puesta de sol que nunca termina, y termina por ser un mareo gélido, lo que
era un alivio acaba por desconcertar. Como una broma de mal gusto, de esas que
no hacen gracia y retumban como un símil viejo y desgastado, algo carente, sin
embargo, contundente.
Perpetuamente ahogada en un suspiro. El soldado de la
paz se muere lejos, y yo estoy aquí.
Derretida por saladas bocanadas de desespero, un
descanso y alivio traicionero. Como barro entre barrotes escurrida.
El oxígeno circula rápido para expandir el trance. Una
voz temblorosa al otro lado, quisiera no oírle. Ojos rojos y labios apretados,
no tanto como una válvula que se descompone comprimida en un atasco. (Yo nunca
he dejado de sonreír).
No me llega la suficiente sangre, no para hacerme
inmune e invulnerable.
El soldado de la paz se muere.
Él se muere lejos. Y yo estoy aquí (con dos corazones
intactos y pálidos).
No hay comentarios:
Publicar un comentario