martes, 25 de marzo de 2014

Algunos días del camino

  
Anduve en silencio unas cuantas horas, oyendo mis propios silencios y el peso de mis pasos. Me concentré en escuchar mis pálpitos, en encontrar lo imprescindible. Reí en soledad y llora en compañía, tanto que tuve agujetas de las risas y de las gotas, las lágrimas sé me agotaron. 
  En los caminos no se oía nada más que algunos pasos, una confíen a firme y unos pies tranquilos. Aunque los corazones eran cálidos y abrigados. 
  Permanecí callada, algunas veces hablé y me encontré con que a veces perderse es encontrarse, y lo lejos y el cerca se confunden, las ganas y la soledad, la amistad con el querer, y centenas de cosas que se pierden o se olvidan, que quedan atrapadas entre el ruido y los movimientos de los cuerpos perdidos, arrojados en las ciudades, unos contra otros, aplastados y solos, pero muy diferentes de la soledad tranquila del silencio. Porque en verdad, sólo solos, reposando en ella nace la magia, la inspiración y sólo así se crea. Entonces empece a entender el porque de la distancia, de mi osadía de permanecer lejos y callada, de observar y guardar mi opinión atrevida e incomprensible, porque admito haber admirado lo auténtico, la genialidad del loco, la originalidad de lo diferente y me tope con la situación de que el ruido se calló y yo pude permanecer en el camino, pude ver más allá de los árboles y de la ciudad. Pude entender y reconocer. Me encontré y me perdí en mi. 
  Fue la calma, el paisaje o mi pretensión. Fue la expresión de mi sentencia, del sentido. Porque me liberé del ruido y quedo lo esencial.  

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