No importa como, pero de esa vida que es la más pura, descuidada y traviesa.
Quizá rabia, patinar sobre los actos, exaltarse, y cansarse, estar absolutamente agotada para que aflore la esencia misma. La del ser, la de la indentidad: fuerza y pasión. Mostrar al mundo dónde estoy y dónde no.
Porque aceptar al mundo, la realidad y las desgracias es sano, pero fingir que todo me agrada es absurdo.
Porque existen al día centenas de cosas las cuales me parecen estúpidas y mezquinas, retrógradas e hipócritas; convivo con ellas, muy cerca, pero las veo, porque aún tengo ojos, sangre en las venas, carácter, criterio y sentido crítico. Y aunque parezca que los hechos, cosas y actos me dan igual, los presencio, a veces cerca, y otras desde la lejanía: en silencio.
Esperando el momento en el que no existan, a acostumbrarme, o hasta que quiera volver a reconocer su existencia; que me incomoden y deba odiar por unos instantes: lo ridículo y cómico de lo que muchos se toman por crucial.
Hoy devastaría las costumbres y anhelaría el vacío.

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